Con la mirada puesta en el futuro de la educación, y a propósito del Bicentenario de la Independencia argentina, el rector de la Universidad Nacional de Avellaneda reflexiona sobre los principales desafíos en la formación de ciudadanos capaces de responder a las exigencias del siglo XXI.
Por Ing. Jorge Calzoni | Rector de la Universidad Nacional de Avellaneda.
Las celebraciones por el Bicentenario de nuestra Independencia resultan una ocasión propicia para posar la mirada en los acontecimientos y sucesos pretéritos, aunque también lo son para pensar nuestro presente y, a partir de ello, avizorar lo porvenir. Y es allí donde la Universidad Nacional de Avellaneda (UNDAV) juega un rol de sustancial relevancia. Nuestra Institución se propone como un espacio de calidad, innovación e inclusión social, donde no sólo se formen técnicos y profesionales, sino también ciudadanos capaces de emprender los desafíos de este siglo XXI.
Para nosotros no hay categorías separadas, sino una profunda integración entre investigación, enseñanza y extensión universitaria. Aquellas tres tradicionales misiones sustantivas son atravesadas por dos misiones transversales como la gestión y la transferencia. Esta visión matricial habilita hoy una mirada innovadora que, a la vez que incluye a estudiantes, docentes, no docentes y graduados, hace lo propio con quienes no forman parte activa de la Universidad, es decir, al resto de la comunidad que podríamos denominar “no universitaria”.
Cuando decimos que todos tienen derecho a beneficiarse de la Universidad Pública, no nos referimos sólo a quienes ingresan a la misma, sino a todos, incluso aquellos que nunca pasaron siquiera por la puerta, pero pueden beneficiarse de su generación de conocimientos, extensión, etc., si es que logramos realizar bien nuestra misión de transferencia.
A veces, resulta trillado el concepto de innovación, como una noción “marketinera” o simplemente estética. Este planteo es de una innovación estructural, no sólo de organización en cuanto a la matricialidad, sino sobre todo a valores, a pensar integradamente misiones que nacieron individualmente y, muchas veces, competitivamente.
En este sentido, la transformación de dicho pensamiento individual, competitivo, en un pensamiento integral y colectivo, que abarque incluyendo y no excluyendo, es un desafío nada fácil, pero no imposible.
Tal vez, lo imagino como un camino para resolver las notables desigualdades sociales que padecemos. Por ello, el concepto de educación integral no sólo debe darse en el seno de las casas de estudios, sino en cada espacio geográfico, laboral, de participación ciudadana, donde los valores prevalezcan.
Y es en la definición de esos valores donde estará la salida: si el único valor imperante es el éxito, en particular el económico, entonces no hay salida. Tal como lo predica el Papa Francisco, el dios dinero sólo nos hará infelices, si pues para lograrlo no nos importa nada.
Los verdaderos valores son aquellos que nos abrazan como seres humanos, pero ése es tema de otro debate. En cuanto a la transferencia, el valor radica en el compartir, en dialogar con los otros, en enseñar, en aprender, en generar y observar.
En los años 90 el concepto de transferencia equivalía a servicios, a consultoría, es decir que estaba recortado a una prestación a cambio de recursos económicos, que en muchos casos servía para sostener recursos humanos; equivalía, en todo caso, a un simple Excel con números que debían “cerrar”.
Esta mirada no sólo es contraria a la transferencia que propugnamos sino banalmente falaz, puesto que si todo se tratara únicamente de cierres contables, las cosas, seguramente, serían más simples y excluyentes.
De este modo, investigación y transferencia se nutren recíprocamente, deben entrelazarse una a otra, por mayor pertinencia, calidad y, en definitiva, porque calidad no es sinónimo de elite sino de valores comunes que nos mejoran como personas.
