Editorial
Educar para un mundo mejor

Por Ing. Jorge Calzoni | Rector de la Universidad Nacional de Avellaneda

Hemos abordado en más de una oportunidad en estas líneas la enorme desigualdad enquistada en nuestro continente y, tal vez, sus efectos más sintomáticos como son el hambre, el destierro y, fundamentalmente, la violencia.

Es cierto que la violencia es un fenómeno mundial provocado por múltiples factores. En estos días la impactante matanza a mansalva de tantas personas en una mezquita en Nueva Zelanda, los violentos sucesos recurrentes en EEUU, donde la facilidad para obtener armas multiplica el peligro de xenófobos dispuestos a matar por nada. Los sucesos de Francia y Venezuela, las recurrentes guerras en Oriente Medio producto del comercio de armas y la necesidad geopolítica de extracción de recursos naturales.

Ya no alcanzan ni convencen los argumentos en nombre de la democracia o contra la corrupción utilizados para saquear países o regiones enteras sin ningún principio ético ni realmente democrático. Terminada la Guerra Fría del siglo XX, lejos de la paz, el mundo se ve afectado por conflictos de todo tipo, comerciales en el mejor de los casos, pero violentos la mayoría de las veces.

Así, por ejemplo, una nueva forma de violencia son las fake news (noticias falsas), servicios de inteligencia desatados, una justicia que no sólo no genera confianza, sino que tiene la más baja valoración que se haya conocido. Historias de espías, extorsiones, deudas impagables y una notable caída del bienestar y calidad de vida de la mayoría de la población.

Éste es un año electoral y lo peor que nos puede pasar como sociedad es pensar que todo da lo mismo, que no hay expectativas de futuro, que todos mienten o todos roban.

Soy un convencido de que la mayoría de la población tiene buenas intenciones, ganas de progresar, de vivir cada día un poco mejor; ver crecer a los/as hijos/as y nietos/as, poder desarrollarse en temas básicos como alimentación, salud y vivienda. Pero, para ello, hace falta justicia y buenas políticas públicas. Ningún individuo podrá desarrollarse en una sociedad que no se desarrolla.

Desde las universidades tenemos no sólo la obligación de formar técnicos y profesionales, sino también ciudadanos capaces de vivir en paz y armonía, capaces de transformar las inequidades y plantearse la utopía de un mundo más justo y solidario.

Sin respeto por la diversidad ni solidaridad para evitar las exclusiones, no hay camino.

No es sólo un problema de los/as argentinos/as, es un problema universal, fogueado por liderazgos xenófobos, por falacias incomprobables, por la innecesaria vigencia de construir muros en lugar de puentes y la patética incomprensión del otro, de su cultura, su religión, su historia, su geografía, sus anhelos, que no necesariamente deben coincidir con los propios.

La educación tiene ese rol de formar, no sólo para el trabajo, sino fundamentalmente para la vida.

Dependerá de nosotros/as -de cada uno/a de nosotros/as- un buen vivir como lo plantean los pueblos originarios, en armonía con la naturaleza, entre personas y con relación inteligente con los bienes y objetos, en lugar de vivir para lo material sin importarnos lo esencial de la vida, violentándonos y violentando dicha armonía.

Abril 2019 | Edición #73